Editorial

El niño en la playa

Por Alfredo Ávalos

 

Con solo dos años de edad, Alan Kurdi, también conocido como Aylan Kurdi se convirtió en una imagen imposible de olvidar, cuando el 2 de septiembre de 2015, su cuerpecito inerte, vestido con una camiseta roja y unos pantalones cortos de color azul fue arrojado por el mar en una playa de Bodrum en Turquía.

En el libro The Boy on the Beach. My Family’s Escape from Syria and Our Hope for a New Home (El niño en la playa. La huida de mi familia de Siria y nuestra esperanza de un nuevo hogar) publicado por  Simon & Schuster, Tima Kurdi, hermana de Abdullah Kurdi, el padre del niño Alan, quiere recordarle al mundo que la tragedia de su familia, desgraciadamente no es única, que tres años después de aquella foto que conmovió a millones, muchos niños como su sobrino continúan muriendo al tratar de escapar de la guerra, la violencia y el hambre en varias partes del mundo.

La autora del libro, quien emigró a Canadá en 1992, le dijo al diario El País, que la mañana del 2 de septiembre de 2015, su marido le mostró la foto de un niño de camiseta roja, pantalones cortos de color azul y zapatos negros tirado en una playa de Turquía, y aunque dudaba que fuera su sobrino, reconoció la vestimenta que ella misma le había regalado la última vez que vio a su hermano y a su familia refugiados en la nación turca.

La foto se volvió viral, evidenciado la tragedia del pueblo sirio y lo poco que el resto del mundo hacía por ellos, pero para Tima Kurdi significó un sentimiento de culpa, pues ella le había mandado el dinero (5 mil dólares) a su hermano Abdullah, para que escaparan vía bote rumbo a Grecia.

“Para los miles de sirios sin documentación o con pasaporte caducado, como mi hermano, huir a Grecia era la única esperanza de conseguir un futuro mejor”.

En el libro, Tima Kurdi habla de una infancia feliz en Damasco junto a sus padres y hermanos. “Escribí este libro porque quería que el mundo entendiese que mi familia no era diferente de cualquier otra”, explica, “nosotros también somos seres humanos: celebramos los cumpleaños, trabajamos, estudiamos. Teníamos una vida antes de que empezara la guerra”.

De acuerdo con un informe de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, desde que comenzó la guerra en Siria, el número de refugiados ha superado los seis millones–más de la mitad están en Turquía, en donde a duras penas sobreviven y son víctimas de explotación laboral– como afirma Tima Kurdi que ocurría con su hermano, por lo que decidió aventurarse a cruzar los 24 kilómetros del mar Egeo que separan Borum Turquía de la isla griega de Kos en busca de una vida mejor.

El viaje que comenzó la noche del 30 de agosto, así se lo informó su hermano Abdullah en un mensaje, terminó en tragedia, tres días después. El 2 de septiembre, la foto de su sobrino tirado en la playa le daba la vuelta el mundo conmoviendo a millones de personas y provocando el debate sobre cómo el mundo le había dado la espalda a ciudadanos sirios en los momentos más desesperados.

La balsa inflable en la que Abdullah Kurdi, el pequeño Alan, su hermano Ghalib y  su madre Rehanna intentaban el desesperado escape, sucumbió en las aguas del mediterráneo apenas 30 minutos de haber salido de la costa, excepto Abdullah, todos perdieron la vida.

Y aunque la foto del niño ahogado conmovió al mundo entero, Tima Kurdi cree que a tres años de la tragedia nada ha cambiado realmente.

Como Alan, su madre y su hermano, todos los días en algún lugar del planeta mujeres y niños pagan con su vida el deseo una vida mejor. Llámese el genocidio de Myanmar, el éxodo venezolano o la política “Cero Tolerancia” de Estados Unidos, niños como Alan Kurdi terminan sus cortas existencias en medio de la angustia de la huida, mientras que la política de los países continúa cerrándoles la puerta y levantando muros. Una prueba más de lo mucho que como civilización adolecemos.

“Ninguna frontera debería estar cerrada a gente que escapa de un conflicto armado”, lamenta Tima Kurdi.

Cuando le cerramos la puerta a un niño que huye de la guerra, cuando forzamos a sus padres a subirlo a un bote inflable atiborrado del desespero de otros que escapan haciéndolo naufragar. Cuando obligamos a una madre centroamericana a cruzar el río Bravo y luego le arrebatamos a sus hijos y los colocamos en jaulas y a ella se le pone un grillete en el tobillo, los estamos matando, sobran las imágenes que así lo demuestran, pero también muere algo en nosotros, en aquellos que nos conmovemos un momento y después seguimos como si nada pasara, pero pasa, en efecto ocurre, es nuestra propia humanidad la víctima final.

Foto: Nilüfer Demir

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