Reportajes

A mi hijo de dos años le pusieron la pistola en la cabeza

Por Salud Ochoa

 

Madre e hijo huyen de la violencia y la pobreza para pedir asilo en Estados Unidos

El riesgo de ser separada de su hijo se pasea como un fantasma ante los ojos de María del Carmen, sin embargo, la urgencia por alejarse de la violencia generada por las pandillas y la inconformidad social en su natal Honduras, es mayor.

El viaje no ha sido fácil. La violencia de la que huye se replica en cada país por el que pasa. Con su pequeño en brazos protegiéndolo como lo más valioso que tiene, quizá lo único, la joven esboza una sonrisa casi inocente y desvía la mirada hacia las vías del tren que se extienden bajo el sol de agosto. En sus manos no hay pertenencias ni objetos de ningún tipo, solo sueños, ganas de mirar al futuro y dejar atrás lo que hace daño.

“A mi niño le pusieron la pistola en la cabeza cuando pasamos por Veracruz. Como allí piden “cuota”, si no pagas te matan, es la vida de uno o el dinero. Los “malos” se suben al tren y te cobran 500 pesos por persona. Si no les das nada por las buenas, te roban todo lo que traigas. Dios nos ayudó allá, quién sabe más adelante”, dice y se protege en un silencio prolongado.

Acompañada de su esposo y el pequeño Logan de 2 años de edad, María del Carmen ha viajado 3 mil 404 kilómetros a pie, en autobús, de aventón o a lomo de tren y aun no logra su objetivo: llegar a la frontera con Estados Unidos  y pedir asilo.

Esta es la segunda vez que esta mujer de 21 años hace el mismo recorrido desde los caseríos de la ciudad de Tela, ubicada al norte de Honduras en el departamento de Atlántida, hasta México. Sin embargo, en la primera ocasión solo logró llegar al estado de Veracruz. No pudo seguir porque venía embarazada de 8 meses y el parto se adelantó. Tuvo que ir al hospital para que Logan abriera los ojos en suelo mexicano.

Allí fueron detenidos y deportados.

“Apenas nació el niño y nos mandaron de regreso”, dice la joven que habla con dificultad el español. El inglés no lo conoce.

Dos años más tarde, la pareja decidió intentarlo de nuevo. Ella dejó su empleo en una tienda de barrio y emprendieron el viaje al norte, tratando de alcanzar lo que ha escuchado llamar “el sueño americano”.

No entiende a qué se refieren con esa expresión, pero si tiene claro que quiere irse lo más lejos posible de Tela su ciudad de origen. Se niega a regresar allá donde la vida cotidiana –dice- se ha vuelto un asunto de supervivencia.

La odisea inició hace tres meses, en los suburbios de dicha entidad costera con playas propias para el turismo que contrastan con los barrios más pobres. La familia tomó rumbo al Noroeste, pasando por San Pedro Sula ciudad donde en el 2015 arribaron vía aérea por lo menos 20 mil hondureños deportados que se sumaron a una cifra similar que llegó por tierra según reportó Guatemala en ese período.

La frontera sur de México la cruzaron en balsa igual que la mayoría de los 500 mil migrantes centroamericanos que cada año arriban al país según datos del Instituto de Política Migratoria –MPI por sus siglas en inglés-.

Desde Chiapas se fueron de nuevo a Veracruz porque era la ruta conocida y, de alguna forma, sabían lo que les esperaba y lo que tenían que hacer para seguir con vida.
“En el sur sí nos tratan muy mal, hay mucha violencia y los peligros están por todas partes”, dice en voz baja como si “los malos” fueran a aparecer de un momento a otro. Quizá están allí, en cualquier lado, quizá no y solo es el temor por lo vivido.

Puebla y la Ciudad de México fueron un paso obligado en la ruta para llegar a su destino. El tren se convirtió en el vehículo más económico para trasladarse, pero también en el más peligroso. Permanecer despiertos para evitar caer, mantenerse alerta ante un posible ataque, aguantar la lluvia, el frío y el calor extremo, son solo algunas de las cosas que tuvieron que hacer para avanzar ilesos, hasta ahora.

“Quiero llegar a Ciudad Juárez y de allí ir a pedir asilo. No quiero volver a Honduras porque han estado matando a mucha gente que no quiere al presidente. Sí tengo miedo pero cualquier cosa es mejor que quedarnos allá. Buscaremos trabajo de lo que sea”.

En algún punto del viaje, alguien le dijo a María del Carmen que podía solicitar un permiso especial en este país porque su hijo es mexicano. Lo hizo pero aun así, su objetivo no cambia, quiere llegar a ese norte impreciso donde no tiene familiares ni conocidos y en el que a pesar de todo, mantiene la fe de que no será separada de su hijo y que este, tendrá una vida mejor que la suya.


Fotos: Salud Ochoa

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