Opinión

De anfitriones a huéspedes indeseados

Por Ophir Alviárez


“Caminante, son tus huellas el camino y nada más…”

—Machado

El éxodo venezolano que espanta a medio mundo

 

Xenofobia, estigmatización, rechazo, discriminación, hostilidad, son palabras que danzan en la mente de miles de venezolanos. Si antes la lucha era en la propia tierra donde como consecuencia del discurso de rencor sembrado por la revolución bolivariana y el socialismo del siglo XXI* la mayoría de la población pasó a ser señalada y acorralada por enfrentarse al régimen populista y demagogo que ha imperado en el país los últimos veinte años y ha depauperado a la sociedad a límites extremos impulsándola al exilio, ahora esa misma gente debe lidiar no sólo con el destierro auto-impuesto sino con la poca o nula colaboración de los habitantes de los destinos hacia donde se dirigen.

En una crisis sin precedentes en la región suramericana, el éxodo de venezolanos aumentó 895% en los últimos dos años. De acuerdo con la Oficina Internacional de Migraciones (OIM) adscrita a la Organización de Naciones Unidad (ONU), aproximadamente un 5% de la población salió de Venezuela en el 2017.

La situación política, el descalabro económico, la búsqueda de oportunidades laborales, la falta de alimentos y medicinas y la imperiosa necesidad de escapar de la inseguridad y la violencia reinantes en el país son las principales causas de que las ciudades limítrofes de Colombia, Ecuador, Perú o Brasil estén atiborradas de refugiados venezolanos.

Esto ha llevado a los gobiernos de la región a reforzar controles fronterizos y, en los casos de Perú y Ecuador, “países hermanos”, a exigir un pasaporte que no todos tienen y que los imposibilita a llegar a sus destinos a pesar de que hasta hace muy poco, podían hacerlo portando sólo la cédula de identidad o documento de identificación nacional.

Pero tener un pasaporte también está vedado para los venezolanos. La ausencia de materiales de impresión y la imperante corrupción gubernamental hacen del simple trámite un clamor. Ruegan los venezolanos por sobrevivir a diario a la violencia, suplican por comida, por medicinas, por transporte y en días recientes, por energía eléctrica, por agua, por gas. La situación dentro del país se torna insostenible. Afuera, campos de refugiados acogen a los viandantes. La insalubridad, el hacinamiento y las precarias condiciones con las que son recibidos propician el aumento de enfermedades y el hambre que vienen arrastrando en la travesía realizada muchas veces a pie, sólo es saciada con la ayuda de organizaciones como la Cruz Roja o voluntarios locales de buen corazón mientras en las capitales de la región, se gestan acuerdos para controlar de manera estricta el flujo de los migrantes.

El gobierno argentino informó la creación de un plan para regularizar la situación de quienes entren de manera ilegal. Chile hizo lo propio imponiendo la misma restricción y exigiendo el pasaporte. En Roraima, las autoridades introdujeron una solicitud al Tribunal Supremo brasilero para que impida, al menos temporalmente, la inmigración venezolana; el gobierno de Temer ha decidido enviar tropas del ejercito para asegurarles el tránsito por el territorio y controlar la violencia de la que están siendo víctimas los refugiados y no descarta el cierre limítrofe para detener la llegada de más gente del país lindante.

Se estrechan las fronteras también en el sur y el desespero comienza a apoderarse de quienes apostando por un mejor destino, se lanzan continente abajo.

El hambre, el frío, la arbitrariedad de las nuevas medidas adoptadas por los vecinos regionales y la hostilidad de los lugareños, maltrata a los ya apaleados viajeros.

El paquete de medidas anunciadas por Nicolás Maduro el pasado 17 de agosto ha agravado la crítica situación. La reconversión monetaria y la devaluación del bolívar en más del 2.400%, el incremento del sueldo 3.500%, la hiperinflación desbordada y el cuento de que la gasolina más barata del continente ahora será vendida a precio internacional, ha disparado la huida de quienes aún dudaban lanzarse al exilio.

Los caminos están llenos de aquellos que escapan y la ayuda brilla por su ausencia. Inclusive Estados Unidos, uno de los destinos preferido por los venezolanos y cuyo presidente ha vociferado evidentes muestras de desacuerdo con el régimen de Venezuela ha tenido una respuesta desalentadora en relación con el tema y, aunque la semana pasada decidió el envío de un barco hospital a las costas colombianas para auxiliar a los refugiados apostados en sus tierras, podrían hacerse esfuerzos mayores para socorrer a los miles de migrantes y a los países que los acogen. Pero no dan peras los olmos.

Bien lo dijo Almagro, cabeza de la Organización de Estados Americanos y aliado de los venezolanos: “Esta era una situación que se podía prevenir y evitar, ahora hay que tratar de resolverla.”

La pregunta entonces es cómo y quién que no haya recibido las dádivas del Chavismo/Madurismo será capaz de mirar al frente, reconocer la magnitud de la crisis y domando la exacerbación de los nacionalismos al mejor estilo del típico idiota latinoamericano, abrirá las puertas y permitirá que los venezolanos los abracen, ya no como los buenos anfitriones que fuimos durante todo el siglo XX, sino en otras latitudes, ahora ajenas.


Fotos: Twitter

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