Editorial

Dos fuerzas en conflicto

Por Santiago Daydi-Tolson

Dos de los muchos componentes esenciales de la condición humana—de su aspiración a esa indescriptible e incesante satisfacción que se podría etiquetar como felicidad—son, en oposición el uno del otro—y de ahí su conflictiva importancia a lo largo de los siglos de la historia humana–, de una parte el afán de posesión de un territorio propio, inviolable: la patria; y de otra, la tendencia a emigrar en busca de ese territorio—el suelo propio—que reemplace al que, siendo el propio por nacimiento, por una u otra razón ya no satisfice y más bien limita.

La historia de la humanidad—la de pueblos e individuos—está marcada por estas dos ambiciones que, aunque tienen una justificación práctica evidente, se fundan en profundas fuerzas emocionales que tienen como base la conciencia de la propia individualidad.

Las fuerzas opuestas del amor patrio y el ansia de emigrar crean un conflicto emocional en el individuo que se apropia, contradictoriamente, de ambas: la persona que ve como necesario e urgente emigrar pero de veras no quiere abandonar su terruño. Más que el deseo de emigrar el suyo es el tormento del auto-exilio.

El exiliado, a diferencia del emigrante, se sabe expulsado de su tierra, castigado—por una culpa inexpresada—con la angustia de la ausencia del despojo y la nostalgia deprimente que tal abandono genera. Incapaz de desprenderse de su amor patrio y adoptar, como el emigrante, una nueva apropiación, el exiliado vive enajenado, escindido en dos, situado emocionalmente en ninguna parte. Ni en el aquí del exilio, ni en el allá de la expulsión.

Es ésta, probablemente, la situación de muchos que han cruzado la frontera norte no tanto por emigrar propiamente como por exiliarse en la huida. De ser éste el caso, falta le hace a muchos reconsiderar la situación íntima de su presencia en el territorio extranjero y decidir de veras si son culpables, merecedores de tal desarraigo de lo propio, o si los mueve la esperanza de una nueva tierra, la que a todos se les tiene prometida.

Es un asunto esencialmente personal, un conflicto que ha de resolverse a riesgo de sumirse en el desencanto.

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