Reportajes

Mal de muchos . . .

Por Santiago Daydi-Tolson

Aunque el mal de muchos de nadie debiera ser consuelo, todo emigrante tendría que tener presente—para afirmar su propia determinación—que son y han sido infinidad los individuos que a lo largo de la historia de la humanidad han sufrido las angustias de emigrar.

Más aun, la historia enseña cómo las migraciones, tanto individuales como colectivas, han tenido un efecto importante en el desarrollo social y económico de los territorios a los que han llegado inmigrantes de otras tierras y culturas. Díganlo si no Abraham y Hara, si se quiere citar dos casos fundamentales entre los varios ejemplos de migración que pueden encontrarse en la Biblia.

Migrar—sea en forma de emigración o inmigración, dependiendo del punto de vista desde el que se mire el proceso—ha sido una constante de la historia humana, tanto a nivel de los individuos como de los pueblos. 

Y todo lo que emigrar tiene de trastornador a nivel personal y social, ha sido una fuerza creativa y transformadora y un factor importante en el desarrollo de la humanidad.

Quien emigra lo hace impulsado por una fuerza optimista superior a la desesperación y el derrotismo; una fuerza espiritual que vence a la desesperanza. Quien emigra lleva a la tierra que lo recibe—por lo general a regañadientes—una energía física y espiritual que afecta—a lo mejor no de forma inmediata ni evidente—el modo de ser y actuar de la sociedad a la que se ha añadido y a la que ha tratado de adaptarse con o sin la aceptación de ésta que, con obtuso exclusivismo, ve en el emigrante un peligro, un enemigo de la esencia espiritual de su tribu.

Rara es la aceptación del que inmigra entre los que lo ven asentarse en su territorio. Rara porque es connatural al ser humano el espíritu exclusivista de toda tribu, el espíritu protector de sus territorios geográficos y culturales.

Contra tal espíritu excluyente—profundamente enraizado en la mente humana, irracional, instintivo—ha de luchar calladamente el recién llegado, el allegado, el que rechazan.

La historia enseña o debiera enseñar, que del conflicto de todo proceso migratorio resulta—a fuerza de lágrimas y no pocas veces de sangre derramada—una nueva sociedad, una cultura renovada, rejuvenecida.

Saber de esta constante histórica debiera ser de ayuda para el inmigrante en su diario y muy concreto esfuerzo por sobrevivir y afirmar su condición de extranjero asentado en su nueva tierra, de persona que aporta a la sociedad de su elección tanto o más de lo que recibe de ella.

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