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El alto costo de un sueño

Por Santiago Dady-Tolson PhD | Foto: Dreamers, Voz del Inmigrante.

“Soñar no cuesta nada” titula un exitoso alumno universitario su ensayo personal sobre su experiencia como estudiante que ha podido beneficiarse de DACA (Deferred Action for Childhood Arrivals), un programa que no debiera ser sólo resultado de una orden ejecutiva sino ley de la nación. 

En su ensayo este miembro del extenso grupo de “soñadores” (dreamers) que han podido imaginarse un futuro mejor gracias a la sabia y bien intencionada orden de un presidente sensible a la realidad humana del país, comienza reconociendo lo significativo del apoyo que les “están dando las instituciones educativas más prestigiosas de la nación” a quienes, como él, han crecido en este país pero son todavía extranjeros. Alude con eso, sin decirlo directamente, a que al ofrecerles “las mismas oportunidades a un estudiante internacional indocumentado que a un alumno ciudadano” estas universidades están reconociendo que el derecho a la educación no debe ni debería negársele a ningún joven que se haya criado en un estado de la unión, haya o no nacido en el territorio nacional.

Al reconocimiento del correcto proceder de algunas de las más prestigiosas universidades, sin embargo, opone este estudiante, con la acertada crítica del afectado, el hecho de que a pesar del apoyo de estas pocas instituciones, las oportunidades que jóvenes como él tienen de poder cumplir su sueño se ven limitadas e incluso imposibilitadas en un gran número de universidades por cuestiones de dinero y regulaciones demasiado complicadas relacionadas con la postulación, matrícula, obtención de becas y de préstamos estudiantiles.

Apunta con esto a que a pesar de la orden ejecutiva de Barack Obama en favor de un sector de la población nacional afectado negativamente por las leyes inmigratorias que no les permitían a muchachos indocumentados acceder a la educación universitaria a la que aspiran y para la cual están perfectamente capacitados, son varias las trabas que hacen difícil e incluso imposibilitan el seguir estudios universitarios a quienes se les ha ofrecido la oportunidad de “soñar” y descubren en el proceso de solicitud de ingreso y matrícula en una universidad que “soñar” tiene un alto costo y que el sueño se vuelve una pesadilla. Es, por lo tanto, imprescindible resolver también las dificultades que se les presentan a quienes se pueden beneficiar del programa gubernamental y quitar del medio los obstáculos a su avance hacia una educación avanzada y, eventualmente, a un vida productiva y provechosa para el país.

No son esas dificultades la más urgente preocupación en estos momentos cuando peligra el componente principal que hace posible soñar el “sueño americano” a ciento de millares de estudiantes declarados extranjeros en su país, el indiscutiblemente propio: la tierra en que se han criado desde niños. Quede ese asunto para más adelante. Lo que importa ahora es defender el derecho que todo habitante de este país tiene o debiera tener a la educación. Declarar inefectiva la orden ejecutiva del gobierno anterior no es una acción que contribuya al bien de nadie, excepto, claro está, al de quienes pretenden excluir por razón de retrógradas concepciones erróneas de la historia nacional, a sectores fundamentales de la sociedad.

  “Es una emoción inmensa saber que se podrá seguir estudiando, sin olvidar nuestro origen, para algún día llegar a ser un profesional”, escribe en su ensayo nuestro alumno. Habla por muchos: expresa la esencia del sentir de una generación que se enfrenta a un mundo conflictivo en el que ellos, contrario a lo que piensan los enemigos del bien común, podrán aportar, como personas educadas y profesionales, soluciones válidas a los problemas de un mundo en constante cambio y proponer iniciativas de progreso en bien de una sociedad cada vez más justa en su pluralismo.

“Una vez más–afirma el estudiante en su ensayo–el destino de miles de estudiantes indocumentados depende de muchas variables”. La más importante de entre ellas en estos momentos de decisiones descabelladas es la que proviene de la política, de ese componente esencial de la nación que desafortunadamente les permite a algunos negar la función principal de la misma: el bien nacional, es decir el bienestar de todos, que es el bienestar de un país democrático justamente pluralista.

Por suerte, y a juzgar por las palabras con que el soñador cierra su ensayo en defensa de una iniciativa justa que nadie con “el corazón bien puesto” podría rechazar, el deseo de triunfar a toda costa y contra todo obstáculo que se le oponga no abandona a una juventud que ha crecido en circunstancias contradictorias. “Esa ilusión–concluye refiriéndose a la que DACA les ha otorgado–nos da la fuerza para continuar luchando por conseguir lo mejor de las puertas que día a día se van abriendo”. 

Es obvio que no se puede ni se debe aceptar–y hay que impedirlo de todos modos–que a nuestros jóvenes “soñadores”, futuros ciudadanos de un futuro mejor, mucho mejor que el presente, se les dé desdeñosamente con las puertas del desengaño en las narices.   

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